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domingo, 6 de marzo de 2011

Conflicto de intereses

Temas de ética médica (II)

Denuncia de ciertas prácticas asumidas por los médicos, que pueden ser consideradas contrarias a la moral médica.

Conflicto de intereses

Hace unos años, una publicación independiente, sin propagandas, era una garantía. Hoy, ya no lo es. El que escribe en ella puede ser parte interesada y, al no declararlo, nuestra ingenuidad académica puede tomar por bueno, justo, equitativo y apropiado, un trabajo pudiera ser sesgado, parcial, insuficiente y tendencioso.

Presentar conflicto de intereses y declararlo no invalida a nadie ni a su trabajo, pero hay que declararlo, mejor dicho, tenemos que exigir que se declare.

Actualmente, casi todas las revistas médicas del mundo exigen a sus colaboradores una declaración de “conflictos de intereses” o de “intereses competitivos”, en el entendido de que tener ese tipo de conflictos no es algo malo o deleznable, sólo describe una situación que puede orientar al lector respecto de las fuentes de los juicios emitidos por los autores.

Recientemente hemos vivido los problemas que trajo el conflicto de intereses a las publicaciones de los efectos de la Fenfluramina sobre la circulación pulmonar y cómo el retardo en aclararlo trajo retardo en la apreciación clínica del daño posible. Si los autores que negaron el efecto o lo minimizaron hubiesen admitido su relación con la casa farmacéutica patrocinante del producto, antes se hubiese sabido lo que después se supo. Al menos lo hubiésemos sospechado.

Actualmente, son muchas las publicaciones periódicas en medicina que exigen a los autores una declaración de intereses y compromisos con entidades comerciales o no, ligadas al medio de la salud. También están exigiendo a los patrocinadores de investigaciones y de espacios de propaganda, la liberación por escrito de cualquier tipo de compromiso, “deber” o “necesidad creada” por su apoyo económico.

Cada vez es más frecuente que se considere que los verdaderos dueños y responsables de los conceptos emitidos y de la redacción en general de los trabajos publicados, son los propios investigadores que los firman y no las compañías que los han patrocinado. Por supuesto que, en el caso concreto de trabajos de investigación realizados por empleados del patrocinante, éste es el dueño, pero la declaración de intereses exigida pondrá en claro esa situación y nuestro criterio no se verá empañado por la duda o deslumbrado por la presentación.

Vemos así como el público profesional médico — y el científico en general — está progresivamente llegando a exigir responsabilidad absoluta a los autores de los trabajos científicos publicados, tanto investigadores, como redactores y también a patrocinantes. Lo que deberá extenderse en breve plazo, hasta el control y obligación de publicar aquellos trabajos que no se conformen con la hipótesis esperada o cuyos resultados no sean los adecuados para el futuro mercadeo de un producto en particular. Esta actitud, abanderada por algunas de las más prestigiosas revistas médicas, es el reflejo del descontento y la inseguridad que venimos padeciendo muchos de los médicos, que basamos gran parte de nuestra actualización profesional en la lectura de trabajos de investigación y de revisiones de temas relacionados a nuestros intereses profesionales.

Queremos leer, además del artículo de investigación publicado, la aceptación de responsabilidad por los conceptos emitidos, la declaración de autonomía y de independencia de los autores y de los patrocinantes y su declaración de que tuvieron acceso a la información completa de la investigación realizada y ejercieron su derecho de publicar los hallazgos, la data y otras informaciones, sin limitaciones.

(Escrito en Caracas el 7 de noviembre de 2001 y publicado en el Newsletter del American College of Physicians. Reeditado el 6 de marzo de 2011)

Prescripción médica inadecuada

Temas de ética médica (I)

Descripción de ciertas prácticas asumidas en ocasiones por los médicos, que pueden ser consideradas contrarias a la moral médica.

La prescripción médica inadecuada

La mayor solidez y la más grande densidad moral pueden ser resquebrajadas, aún inadvertidamente, por la apetecible dádiva o por el pequeño objeto regalado, incluso por cosas como un insulso e insignificante protector del bolsillo de la camisa o una opípara comida con o sin baile o, por qué no, la inscripción en un congreso o un simposio o un viaje con los gastos pagados a un exótico lugar. Esos obsequios vienen, por supuesto, con un mascarón en la proa y un anzuelo en la popa. El mascarón, casi siempre, está basado en el aprender, que es la más vieja e insatisfecha necesidad del médico. El anzuelo suele ser la prescripción exclusiva de un producto farmacéutico o de un servicio diagnóstico o de atención profesional.

No es posible probar más allá de la duda, la posible influencia en el médico de esas prácticas. Recientemente se publicó en el American Journal of Medicine, una encuesta entre médicos residentes sobre como apreciaban ellos que se influenciaba su conducta con las promociones de la industria farmacéutica, al regalarles cosas desde poco valor hasta gastos de viaje e inscripción en cursos, así como equipaje (Bolsos y maletas). Aunque más de dos tercios estuvo de acuerdo en que había que regular esas prácticas y su aceptación o no por parte de los médicos, 39% reconocieron que las promociones influyeron en sus hábitos de prescripción, pero 84% creen que los hábitos prescriptivos de los otros médicos se afectan con las promociones. Huelgan los comentarios…

La incitación a la violación de la Ley de Ejercicio de la Medicina y del Código de Deontología (ética) Médica es también una práctica frecuente e inadvertida. Tomemos como ejemplo el Artículo 19 de la Ley de Ejercicio de la Medicina, que coincide totalmente en su redacción con el Artículo 32 del Código de Deontología Médica: "Ninguna persona legalmente autorizada para ejercer la medicina podrá ofrecer en venta medicamentos u otros productos de uso terapéutico o sugerir a sus pacientes que los adquieran en determinadas farmacias o esta-blecimientos."

Algunos médicos dispensan en su consultorio medicamentos que, o no se encuentran en el mercado local o son producto de su artesanía personal.

Pocas veces caemos en cuenta de que detrás de la bondadosa información del representante comercial del laboratorio farmacéutico que nos visita, este nos indica que, para ventaja de nuestros pacientes, en la farmacia “tal” o la empresa “cual” se encuentra el producto “X” más barato, con un descuento de tanto o, simplemente, “ahí sí lo tienen”, se esconde una insinuación que implica un beneficio comercial para otros, que no nosotros, a nuestra costa y, probablemente, a costa de nuestro paciente. En resumidas cuentas, al "hacerle el favor", al “facilitarle" al paciente la localización y la compra del producto, hemos infringido una ley y un código de ética.

¿Y los programas de ayuda al paciente? La inscripción del paciente en ellos le garantiza a la casa farmacéutica la fidelidad en la compra de su producto y la frecuencia con la cual el producto es prescrito por el médico; es la fuente de estudio de mercado más directa y su-puestamente eficiente, pero también es la manera de “premiar” con una ventaja de cualquier tipo, viaje, inscripción en congresos y hasta regalos al médico que “colabore” con su paciente y “de paso” con el laboratorio farmacéutico.

A veces el problema se plantea con las medicinas genéricas y los patentados. ¿Qué tan seguros y convencidos estamos de que el genérico es mejor o peor que el patentado de origen o la copia?

¿Donde están los estudios que demuestran esa supuesta verdad?

¿O es que el genérico no regala bolígrafos y el patentado sí?

¿Y las copias, son malas las copias de medicamentos?

Otras veces el problema lo constituye la utilización y hasta la instalación quirúrgica de aparatos o procedimientos que no son del todo necesarios para el paciente, pero que pueden representar parte de los ingresos del médico, tanto por el honorario del acto médico, como por la comisión comercial devengada por la venta.

Los marcapasos cardíacos fueron, alguna vez, la fuente de la discordia.

¿Qué hacer para ayudarnos y ayudar a reconocer y evadir esas prácticas a veces asumidas por los médicos y que son contrarias a la moral médica?

Primero, declarar que, aún reconociendo el derecho que tienen las casas de productos far-macéuticos y las de aparatos médicos, así como las instituciones prestadoras de servicios médicos, tanto de diagnóstico como asistenciales, a mercadear sus productos y servicios como mejor les parezca, debemos establecer, para nosotros los médicos, parámetros de conducta que nos permitan actuar de forma equitativa, moralmente aceptable y que conlleve la paz y la serenidad de nuestras tranquilas conciencias y la sensación de libertad total de la que queremos gozar a la hora de escoger aquello que es más adecuado, justo y eficaz para nuestros pacientes.

Recientemente, y a propósito de una demanda contra Merck, Sharp & Dohme, que en febrero de este año 2001, fue multada con US$ 41.000,00, la Asociación Nacional Holandesa de Médicos Generales tuvo que advertir seriamente a sus miembros en contra de las prácticas de mercadeo de la industria ligada con el ejercicio de la medicina, haciéndoles ver que incurrirían en faltas graves si no acataban ciertos lineamientos en su trato con la industria farmacéutica. La Asociación ha advertido a sus miembros que las atenciones recibidas (“hospitalidad”) deben ser mantenidas dentro de límites razonables. Es aceptable que durante un curso se ofrezca comida, tal como un almuerzo, pero los gastos de viaje y hospedaje, así como asistencia a actos recreacionales como teatros, museos, bailes, competencias, eventos deportivos y de turismo, deben ser pagados por los médicos. Quienes también deberán pagar los gastos de sus parejas o socios. Los cursos pueden ser dictados en lugares atractivos y hasta lejanos, pero el médico deberá pagar sus gastos de viaje y hospedaje. Situaciones similares como la presentada en Holanda han sucedido también desde 1998 en Israel y en los EE.UU.

Finalmente, recordar que la prescripción de medicamentos es un acto privado entre el médico y su paciente. Se basa en la confianza. La modificación del hábito prescriptivo, que es lo que busca la propaganda y el mercadeo, debe ser cuestión de conciencia y no de deferencia, simpatía o compromiso y, menos aún, de correspondencia.

Otra palabra de prevención. Ese viejo refrán: “Hasta el santo desconfía cuando la limosna es grande”, es orientador para saber que hay que desconfiar cuando se aprecie desproporción entre la oferta de conocimientos y el adorno con que los presentan. Debemos estar agradecidos del bien que nos proporciona el aprender y compartir conocimientos, pero más lo estaremos, si la sindéresis y el equilibrio juegan un papel catalizador, para que nuestro aprecio por el gesto sea elocuente y adecuado y no se pretenda su extensión hasta la prisión del anzuelo y la contraprestación correspondiente.
(Escrito en Caracas el 7 de noviembre de 2001 y publicado en el Newsletter del American College of Physicians. Reeditado el 6 de marzo de 2011)