Temas de ética médica (II)
Denuncia de ciertas prácticas asumidas por los médicos, que pueden ser consideradas contrarias a la moral médica.
Conflicto de intereses
Hace unos años, una publicación independiente, sin propagandas, era una garantía. Hoy, ya no lo es. El que escribe en ella puede ser parte interesada y, al no declararlo, nuestra ingenuidad académica puede tomar por bueno, justo, equitativo y apropiado, un trabajo pudiera ser sesgado, parcial, insuficiente y tendencioso.
Presentar conflicto de intereses y declararlo no invalida a nadie ni a su trabajo, pero hay que declararlo, mejor dicho, tenemos que exigir que se declare.
Actualmente, casi todas las revistas médicas del mundo exigen a sus colaboradores una declaración de “conflictos de intereses” o de “intereses competitivos”, en el entendido de que tener ese tipo de conflictos no es algo malo o deleznable, sólo describe una situación que puede orientar al lector respecto de las fuentes de los juicios emitidos por los autores.
Recientemente hemos vivido los problemas que trajo el conflicto de intereses a las publicaciones de los efectos de la Fenfluramina sobre la circulación pulmonar y cómo el retardo en aclararlo trajo retardo en la apreciación clínica del daño posible. Si los autores que negaron el efecto o lo minimizaron hubiesen admitido su relación con la casa farmacéutica patrocinante del producto, antes se hubiese sabido lo que después se supo. Al menos lo hubiésemos sospechado.
Actualmente, son muchas las publicaciones periódicas en medicina que exigen a los autores una declaración de intereses y compromisos con entidades comerciales o no, ligadas al medio de la salud. También están exigiendo a los patrocinadores de investigaciones y de espacios de propaganda, la liberación por escrito de cualquier tipo de compromiso, “deber” o “necesidad creada” por su apoyo económico.
Cada vez es más frecuente que se considere que los verdaderos dueños y responsables de los conceptos emitidos y de la redacción en general de los trabajos publicados, son los propios investigadores que los firman y no las compañías que los han patrocinado. Por supuesto que, en el caso concreto de trabajos de investigación realizados por empleados del patrocinante, éste es el dueño, pero la declaración de intereses exigida pondrá en claro esa situación y nuestro criterio no se verá empañado por la duda o deslumbrado por la presentación.
Vemos así como el público profesional médico — y el científico en general — está progresivamente llegando a exigir responsabilidad absoluta a los autores de los trabajos científicos publicados, tanto investigadores, como redactores y también a patrocinantes. Lo que deberá extenderse en breve plazo, hasta el control y obligación de publicar aquellos trabajos que no se conformen con la hipótesis esperada o cuyos resultados no sean los adecuados para el futuro mercadeo de un producto en particular. Esta actitud, abanderada por algunas de las más prestigiosas revistas médicas, es el reflejo del descontento y la inseguridad que venimos padeciendo muchos de los médicos, que basamos gran parte de nuestra actualización profesional en la lectura de trabajos de investigación y de revisiones de temas relacionados a nuestros intereses profesionales.
Queremos leer, además del artículo de investigación publicado, la aceptación de responsabilidad por los conceptos emitidos, la declaración de autonomía y de independencia de los autores y de los patrocinantes y su declaración de que tuvieron acceso a la información completa de la investigación realizada y ejercieron su derecho de publicar los hallazgos, la data y otras informaciones, sin limitaciones.
(Escrito en Caracas el 7 de noviembre de 2001 y publicado en el Newsletter del American College of Physicians. Reeditado el 6 de marzo de 2011)
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