lunes, 7 de marzo de 2011

Aspectos psicológicos de la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI)

(Trabajo presentado al taller del mismo nombre, durante el III Congreso Panamericano e Ibérico de Medicina Crítica y Terapia intensiva. Caracas, 12 de noviembre de 1987)

I.- Introducción

La medicina siempre ha tenido unidades de cuidados intensivos.

Los primeros centros de aislamiento de enfermos de su medio ambiente inmediato, los más primitivos hospitales, donde la función asistencial probablemente se reducía a observar el inexorable y progresivo curso de la agonía a la muerte, eran, sin duda, “unidades de cuidados intensivos”. Apenas progresó la medicina y por ende la atención al enfermo, progresó igualmente el aislamiento de los enfermos y su agrupamiento en hospitales. Los médicos de entonces se sentían como los de ahora, asistiendo y observando al enfermo en condiciones críticas, con la diligencia y efectividad que hoy día, creemos tener.

Es obvio que el progreso de la humanidad, medido con la vara del aceleramiento que vivimos en este siglo, ha sido lento. Probablemente la medicina ha avanzado más y más rápido en los últimos 25 años, que en los 50 anteriores y es indiscutible que el avance de los últimos 100 años equivale al de más de mil años de historia de la medicina. Esta progresión acelerada del saber médico, se ha acompañado de una sofisticación tecnológica de la conducta del médico, adaptada, claro está, a la presencia de cada vez mejores y más perfectos instrumentos y aparatos para estudiar, medir, mantener, sustituir o mejorar la salud.

El hospital general o especial, debe contar hoy con un centro de aislamiento y acopio de tecnología, que al igual que en el pasado, brinde al enfermo en situación crítica, de forma intensiva y total, todo el saber y técnica de que es capaz la ciencia médica en este momento, ahora mismo, y que para ser perfectamente honesto, debemos reconocer que mañana será obsoleta. Esas son las “Unidades de Cuidados Intensivos (UCI)”, de “Terapia Intensiva”, de “Cuidados Críticos” o como se las quiera llamar.

Siempre fué la UCI un lugar de consideración especial por parte de médicos y público, un halo de fantasía mágica rodea su quehacer. Para los que están dentro, tanto personal como enfermos, la sensación es la de vivir una fantástica aventura por los senderos de la vida humana, con momentos tan dramáticos como los que puede producir una maniobra de resucitación o el violento tratamiento de un súbito neumotórax bilateral; con ansiedad tan intensa como la que puede suscitar un postoperatorio crítico; con pesimismo informado, como el que puede causar un desarreglo progresivo y total, como en una sepsis generalizada resistente a la quimioterapia más actual; con impresión visual y sobrecogedor sentimiento de compasión por el dolor y la deformidad irreversible del quemado. Y dentro de todo ello, lo nuclear termina siendo la muerte del enfermo luchador y compañero de tantos dias y desvelos. Conformando todo un drama inenarrable.

Si el personal se vé obligado a utilizar los medios más expeditos y eficaces y a vivir una constante exigencia de perentoriedad, el paciente se ve sometido a acciones, que aunque eficaces, no cabe duda, le hacen, sin embargo, vivir momentos tan dramáticos que, tanto en uno, como el otro, queda impresa la huella del camino recorrido. A esa huella queremos referirnos.


II.- Factores necesarios a la UCI

Siguiendo el orden de ideas planteado en la introducción, vemos que en una UCI deben combinarse varios factores para que ésta sea efectiva:

A.- Personal idóneo:

Las personas que trabajan en la UCI, sea cual fuere su actividad, por el hecho de estar allí, se exigen a sí mismos y esperan igual de los demás: una actitud dispuesta, profesional, segura, bien informada, rápida, tolerante de las presiones generadas por la urgencia y retroalimentadora y reforzadora, mediante el mutuo apoyo y el reconocimiento individual y de grupo.

No todas las personas poseen características de su personalidad que se adapten, con facilidad o nó, a ese ambiente.

Reunir las condiciones personales suficientes para efectuar una labor profesional eficiente en la UCI, significa que, idealmente, se debe tener:

• resistencia física
• buena salud
• disposición para el trabajo en equipo
• carácter tolerante
• paciencia
• estado de ánimo estable y bueno
• disposición y capacidad para enfrentar situaciones de:
- éxito
- fracaso
- tensión
- frustración
- hostilidad
- alegría
- tristeza
- incomodidad
- rechazo
- irritación
- negatividad

Características de personalidad deseables para todos y que no son de ninguna manera exclusivas para trabajar en la UCI, pero que apuntan a aquellas situaciones a las que más frecuentemente se va a enfrentar la persona en su trabajo.

B.- Actualidad:

Ciertamente que se reunen aquí todas las necesidades imperiosas de la medicina y hay que conocerlas.

La UCI no tiene razón de ser si su personal profesional no está al dia. Los conocimientos y la tecnología deben ser los de hoy. Los de ayer son viejos e ineficientes y pertenecen, por tanto, al resto del hospital o a las unidades intermedias.

No sólo hay que estudiar todo, todo el tiempo, además hay que estar al dia en el manejo de aparatos y técnicas.

Además de la actualización personal, la UCI depende, para su adecuado funcionamiento, de la actualización frecuente de sus equipos electrónicos y mecánicos.

C.- Perentoriedad:

El trabajo con el enfermo en la UCI, por definición plantea que estamos ante la última oportunidad de tratamiento. El sentido de urgencia y peligro, con su correspondiente sensación de ansiedad y/o temor, siempre está allí, para todos.

D.- Organización:

El funcionamiento cronométrico, constante y permanente, sólo es posible con una organización que marche fluidamente y a paso regular.

No hay oportunidad para el titubeo. La duda debe dar paso a la acción. Las decisiones no pueden ser compartidas. El mando tiene que ser uninominal, dictatorial, si se quiere.

E.- Aparatos:

Una UCI desprovista de sistemas electrónicos y mecánicos es inconcebible. Los aparatos son consustanciales con el ambiente de la unidad. De hecho, la reaparición de las unidades de cuidados intensivos en este último tercio del siglo, se debe, exclusivamente, a la aparición de sofisticados aparatos de vigilancia, tratamiento y diagnóstico.

F.- Separación:

Al igual que siempre y luego de los 30 siglos de historia de la medicina del hombre alfabetizado, las UCI no deben estar en contacto íntimo con el resto del hospital. Debe concentrarse su poder diagnóstico y terapéutico en un solo lugar, de tal manera que sus servicios se optimicen. Así un médico podrá atender de forma inmediata a varios enfermos y un equipo moverse de aquí para allá en un trecho muy corto y siempre estar a la mano.

Otra razón importante para la separación, es la de evitar que determinadas situaciones y procedimientos que deben realizarse, sean objeto de la curiosidad de aquellos no iniciados en el drama profesional del trabajo con un enfermo crítico.


III.- Aspectos psicológicos en la UCI

Ya hemos apuntado en la introducción que un ambiente de tensión continuada como es el de una UCI, debe tener alguna repercusión, al menos emocional, sobre las personas envueltas, tanto enfermos como personal.

A.- Intramuros:
Dentro del espacio físico de la UCI consideraremos:

1.- Personal de la UCI:

Diversos estudios se han dedicado a establecer el tipo de presiones que padece el personal de la UCI. Algunos de ellos llegan hasta elaborar una lista de problemas estresantes para las enfermeras: levantar pesos grandes, estar pendientes del balón intraórtico, programa de trabajo impredecible, familiares de pacientes insistentes y ansiosos, la velocidad del desarrollo del trabajo, pacientes sin esperanzas, sentimientos personales de inseguridad, pacientes problemáticos, conflictos de personalidad con otros miembros del equipo, dificultad para localizar los médicos, poca comunicación con los médicos.
Otros estudios informan que las enfermeras que trabajan en la UCI presentan más síntomas depresivos, más hostilidad y mayor ansiedad, que otras enfermeras trabajando fuera de la UCI.

Una fuente de estrés importante para el personal lo constituyen los enfermos “problema” y los paciente terminales. Los primeros logran evocar en los médicos y enfermeras una serie de respuestas, que no siempre son las adecuadas, tales como rechazo, olvidos involuntarios, hostilidad, etc. Y los segundos, pueden ser causa de que un médico, que, por ejemplo, siempre fue una persona atenta y considerada con pacientes y familiares, se vuelva de repente, esquivo, hosco y parco en sus comentarios tanto con el paciente como con la familia; todo ello originado en sus sentimientos de impotencia e incapacidad ante la enfermedad, con la consiguiente disminución de su autoestima y la presencia de un fuerte sentimiento de frustración. Por supuesto que los enfermos que constituyen por su carácter o conducta lo que llamamos enfermos “problema”, también pueden generar alteraciones en la conducta del personal, en forma de rechazo, hostilidad manifiesta o encubierta, irritabilidad, actitudes punitivas, etc.

La enseñanza de estrategias de tipo cognitivo, diseñadas para afrontar estas situaciones ha dado resultados extraordinarios, y las técnicas de modificación de conducta aplicadas a la cabecera del enfermo también han sido muy exitosas.

2.- Enfermos en la UCI:

Está claro que vivir a través del intenso drama de la enfermedad es una huella indeleble para el enfermo. ¿Cuánto más no lo será, cuando éste debe además vivir un presente patético e inexorable como es la UCI?

Es fácil entender que el enfermo desarrolle, además de la enfermedad que lo llevó a la UCI, alteraciones de tipo psicológico, que no pocas veces se constituyen en síndromes psiquiátricos completos, como puede ser el delirio o la depresión.

Cuando se realizaron, en 1970, los primeros estudios sobre la presentación de síntomas psicopatológicos o entidades psiquiátricas en la UCI y la frecuencia de las mismas, se presentaron trabajos que listaban la ansiedad y la depresión como las más frecuentes presentaciones para los coronarios, los enfermos pulmonares y los enfermos por causas médicas en general. Entre los pacientes quirúrgicos era notoria la presencia de delirio y luego, con frecuencia menor, la depresión y la ansiedad ante el destete del respirador. Las cosas han cambiado (Cassem y Hackett, 1987), el delirio es hoy más frecuente como causa de consulta psiquiátrica en la UCI.

Pero en general (Siguiendo a Cassem y Hackett, 1987), los problemas de tipo psiquiátrico que se le pueden presentar a los enfermos en la UCI, son:
  • Problemas que surgen como consecuencia del efecto producido por la enfermedad que padece el paciente o el tratamiento que recibe, sobre el sistema nervioso central. Por ejemplo: un paciente operado de lobectomia pulmonar que presenta hipoxia.
  • Problemas que surgen como consecuencia del efecto producido por la enfermedad sobre la mente o psiquis del paciente. Por ejemplo: el paciente que piensa que ya no va a servir para nada, luego de un infarto.
  • Problemas que surgen primariamente de la mente o psiquis del paciente. Por ejemplo: el paciente que inventa que tiene dolor para que le inyecten mas narcótico.
  • Problemas que surgen de la interacción del enfermo con su medio ambiente o su familia. Por ejemplo: el paciente que parece estar peor cuando aparece un familiar a visitarlo o se les menciona en la conversación.

Pudiendo configurarse síndromes psiquiátricos de todo tipo, pero siendo los más frecuentes:
• Ansiedad
• Miedo
• Confusión
• Agitación psicomotriz
• Delirio
• Depresión
• Desánimo
• Psicosis
• Manía

B.- Extramuros:

La influencia de la UCI se hace sentir fuera de su recinto.

1.- Enfermos egresados de la UCI:

En un trabajo ya clásico, Klein y colaboradores, estudiaron en 1968, los efectos que causaba en el paciente el traslado de la UCI a la parte general del hospital. Estos pacientes presentaban cambios en el ánimo a humor depresivo, ansiedad y miedo. Estos cambios se correlacionaron con alzas dramáticas en la excreción de catecolaminas el dia del traslado fuera de la UCI.

El traslado fuera de la unidad, representa para el paciente una situación de conflicto importante, ya que por un lado ha recibido la buena noticia de que está mejor y por eso sale de la UCI, y por el otro lado siente que desde ese momento en adelante, no va a ser observado y atendido con la diligencia y atención con que lo fué en la UCI.

Se han desarrollado pautas de información al paciente sobre su próximo traslado fuera de la UCI (Cassem y Hackett, 1978). Estas exigen que se le avise por lo menos con 24 horas de antelación y que se le diga que ya no serán tan frecuentes los chequeos sobre su estado y un menor número de enfermeras estarán pendientes de él, por que ya esa actitud no es necesaria al estar mejor y más estable su salud.

2.- Personal del resto del hospital:

Ha sido estudiada la forma en la cual la UCI afecta al personal de enfermería de todo el hospital. Las enfermeras de la UCI son consideradas como una “élite de primadonas”, envidiadas y acerbamente criticadas cuando los pacientes son recibidos en la parte general del hospital. Esta actitud nace, probablemente, de cierto afán competitivo y desde luego de las diferencias en cuanto a sueldos y consideración por parte del personal médico y de los pacientes.

En nuestro medio hemos observado que los médicos y personal de enfermería de la UCI, gozan de un halo de admiración y algo de envidia, por parte del resto del personal. Los médicos jovenes, internos y residentes, desean ir a trabajar en la UCI, básicamente atraídos por los aspectos formales de la UCI: el sentido de urgencia de las decisiones, los procedimientos especializados de tratamiento, el uso de sofisticados aparatos, el status social dentro de la comunidad hospitalaria, la consideración y admiración desplegada por pacientes, familiares, amigos y por los otros médicos del hospital. Las enfermeras y enfermeros son motivados a desear ir a la UCI, más por la organización del trabajo, el salario más elevado, el ambiente relativamente aislado de familiares del paciente, la posibilidad de trabajar en equipo y el status social dentro de la comunidad hospitalaria.

En lo que respecta a los médicos especialistas del hospital, se puede apreciar con frecuencia el recelo, la crítica, la inseguridad, la competencia y la descalificación respecto de los especialistas en medicina crítica. A veces esto puede constituir problema para el Director de la UCI, quien tiene que, diplomáticamente, resolver las situaciones de conflictos que se puedan presentar con los especialistas del hospital, tanto con él, como Director, como con el personal. Básicamente, se utiliza para este drama la figura conceptual del médico tratante, ya que, en sentido estricto, es a él a quien competen las decisiones sobre los tratamientos del paciente, pero por razones de índole práctico, en la UCI debe existir una cabeza visible y actuante, además, el paso acelerado del quehacer médico urgente no permite largas discusiones, ni choques de jefaturas.

3.- Enfermos en general:

Es de todos conocidos, hoy en dia, veinte años despues de las primeras UCI actuales, que el hecho de estar en la UCI es un estándar contra el cual se mide la gravedad de la enfermedad, tanto por el paciente como por los familiares y amigos, y a veces también por los médicos y las enfermeras.

Ser trasladado a la UCI es un signo de gravedad extrema. Poco de lo que digamos al paciente o a sus familiares, mitiga ese sentimiento de gravedad. La UCI genera pués, gran ansiedad. Las expectativas sobre el enfermo y de él mismo se van a medir por su distancia de la UCI.

4.- Familiares del enfermo:

El aspecto de los familiares ha sido bastante descuidado por parte de los investigadores. Tenemos descripciones de problemas que estos generan, pero, realmente, no se ha profundizado el tema.

La moderna psiquiatría de enlace y consulta, plantea que quizá el papel mas importante lo puede jugar el psiquiatra al actuar, justamente, como enlace entre el personal médico-asistencial, los familiares y el paciente.

Pareciera que todos nos creemos capaces de afrontar las circunstancias severas por las que atravesamos cuando tenemos un familiar en la UCI. Realmente es una situación dificil. Esa situación conlleva una serie de cambios y modificaciones en nuestras vidas, que no todos sobrellevamos con facilidad. Por ejemplo, la ansiedad y el miedo ante la expectativa del futuro de la salud de nuestro familiar, conjugada con la escasa información que se recibe, lo esporádico de las visitas al enfermo, la visión cuasi fantasmagórica de la UCI y la visión de nuestro familiar literalmente sometido a vivir una vida parasitaria, incapaz de valerse por si mismo, a veces conectado a 10 ó más tubos y a un respirador… y, finalmente, el altísimo costo de esa modalidad médica.

Es una situación dificil, que no siempre manejamos adecuadamente. Ese manejo inadecuado se aprecia sobretodo, en el trato para con los médicos y el personal de la UCI en general, cuando nó con el personal administrativo; generalmente vemos: irritabilidad, agresividad, hostilidad, ansiedad, miedo, rechazo, negación de la realidad, desconfianza y hasta actos descoordinados que demuestran agitación grande.

La presencia de una persona capacitada médicamente y ademas entrenada para el trato con las situaciones de conducta dificiles, es en estos casos y quizá en todos, de necesidad.

domingo, 6 de marzo de 2011

Error médico

Temas de ética médica (III).

Denuncia de ciertas prácticas asumidas por los médicos, que pueden ser consideradas contrarias a la moral médica.

El error médico

El error médico es más un tema de conversación que un concepto deontológico o legal.

El Código de Deontología Médica nombra específicamente el "error excusable" y, obviamente, acepta los posibles "errores cometidos", diferenciándolos de la negligencia y de la incompetencia profesional. Señala además que "Las faltas a la moral médica cometidas por ignorancia, negligencia, impericia o mala fe debidamente comprobadas, serán objeto de sanciones por parte de los Tribunales Disciplinarios de los Colegios de Médicos y por la Federación Médica Venezolana…"

La Ley de Ejercicio de la Medicina es mucho más precisa en la denominación de las posibilidades de sanción como "consecuencia de la acción, omisión, impericia, imprudencia o negligencia en el ejercicio profesional." Pero dice que sólo "La negligencia, la impericia, la imprudencia, serán investigadas por los Tribunales disciplinarios de los Colegios de Médicos."

Ambos códigos reconocen la negligencia, la imprudencia y la impericia, describen la "acción" y la "omisión" en la comisión o generación de hechos que ameriten sanción moral y/o legal (también penal) y aceptan la "ignorancia" y la "mala fe" como condicionantes de la responsabilidad del médico. Pero sólo el Código de Deontología Médica acepta el error, como "error excusable" y lo diferencia de la negligencia y de la incompetencia profesional.

¿Puede hablarse de error honesto?

Antes de entrar en el tema, es importante establecer una precisión semántica.
Siguiendo al Dr. Augusto León C. utilizaremos el término "malpraxis", que "designa cualquier forma de ejercicio inadecuado de una profesión."

Otro término clave, ya mencionado, es Negligencia que "indica descuido, omisión, falta de aplicación…" e "implica algo más que conducta descuidada o imprudente… y exige al médico el deber no solo de poseer la destreza requerida sino también de ejercerla en forma adecuada."

Resulta obvio que toda negligencia es malpraxis y que no necesariamente la mala práctica profesional tiene que ser negligente.

El Dr. A. León C., menciona en el mismo capítulo de la malpraxis y la negligencia, al error diagnóstico o terapéutico y los engloba en el concepto de "error honesto" (diagnóstico o terapéutico). Derivando este concepto de: "El médico no puede considerarse infalible, ni garantizar la recuperación del paciente, más aún cuando la situación es crítica o la sintomatología muy confusa. En estas circunstancias el error no puede ser sinónimo de negligencia."

Hasta aquí lo que sabemos que puede ser el error médico.

Veamos ahora, algunas muestras actuales de errores.

La Joint Comission on Accreditation of Healthcare Organizations en los EE.UU., lanzó el pasado Diciembre de 2001, su segundo alerta en tres años, destinado a reducir el número de errores quirúrgicos en ese país. El primer alerta había fallado y por eso este segundo alerta fue dirigido al público, a los pacientes, pidiéndoles que exigieran al cirujano que marcara claramente el sitio de la futura intervención quirúrgica y, si este no accedía, entonces que lo marcaran ellos mismos. También le pedía a los pacientes que marcaran el sitio donde no debían intervenir. Desde 1966, al menos 150 veces habían sido efectuadas intervenciones quirúrgicas en partes del cuerpo no afectadas, e incluso en el paciente que no era. Según un representante de la American Academy of Orthopaedic Surgeons, sus miembros, en 25 años de práctica quirúrgica tienen 25% de probabilidad de operar en el sitio incorrecto por lo menos una vez.

También es frecuente el error diagnóstico en la epilepsia. Recientemente se determinó, que un porcentaje muy alto de niños y adolescentes eran diagnosticados como epilépticos, basados en el criterio de la pérdida de conciencia y la presencia de anormalidades electroencefalográficas que están presentes y sin explicación en el 20% de los humanos.

¿Pero la apreciación estadística de estos errores, los hace más o menos errores, son más o menos susceptibles de olvido, disimulo, ocultamiento, penalización legal y deontológica?

Desde el punto de vista legal, ni una vez es aceptable.

Aunque los errores nunca desaparecerán de la práctica clínica ni de cualquier otro quehacer humano, los errores, simplemente, no son aceptables. No puede haber tolerancia con el error. Existen, deben ser estudiados y analizados en profundidad, y la meta no puede ser otra que su desaparición. No puede aceptarse una estadística de errores aceptables. El hecho de que sucedan no quiere decir que se acepte su recurrencia. Aceptar tal cosa es negligencia.

Todo error médico deberá ser seguido de una respuesta que introduzca un factor de corrección y prevención en la práctica médica. Los instrumentos con que contamos para tomar esas acciones son las auditorías médicas y las reuniones para el estudio de la morbilidad y la mortalidad.

La evolución y desarrollo de la medicina la ha llevado a ser el resultado de una labor conjunta organizada en forma de equipos, organizaciones y de sistemas de atención médica.

Aunque todavía permanece el criterio de la responsabilidad individual del médico como valor ético, ésta responsabilidad individual que estimula la práctica en solitario, sin embargo, está pasando a ser moralmente inadecuada respecto de la práctica profesional médica, ya que aísla al médico del equipo, de la organización y finalmente del sistema. En este sentido, ya se han dado algunos pasos importantes, como los correspondientes al Grupo Tavistock, quienes, en 1999, emitieron un conjunto de principios y normas éticas aplicables al personal referidor, al asistencial, al médico, al equipo de salud, a las organizaciones y a los sistemas de salud; bajo la premisa global de que todos los actores del servicio prestador de salud, tienen la responsabilidad de ayudar a mejorar la calidad del servicio que prestan.

Este principio ético plantea la evolución de la ética de la responsabilidad individual a una ética que, además, valore la seguridad del paciente y las mejoras en la calidad de la prestación del servicio, y por ende a una responsabilidad, también, en esencia, compartida. Tal situación obliga pues al médico y a todos los estratos de prestación de servicio en que actúa, a adoptar una actitud inquisitiva, de vigilancia constante y de firmeza en las reglas y nor-mas de la prestación de servicio, así como de continua mejora del conocimiento y de la experticia profesional necesaria.

La minimización de la posibilidad de error en cualquiera de las áreas del quehacer médico-quirúrgico, es la meta, la expectativa.

La exigencia puntual, es la divulgación inmediata del error cometido a fin de establecer a la brevedad y con la debida claridad las causas, motivaciones o cadena de eventos que lo condicionaron y reglamentar o disponer y ordenar las secuencias de actos médicos, de tal manera que tal error no vuelva a ocurrir.

La no divulgación del error cometido es en sí una falta grave de respeto a los derechos y deberes para con los enfermos y para con la ciudadanía en general, y, ahora lo sabemos, también para con la Medicina en sí misma y para quienes la practican.

El ocultamiento y el disimulo fue, históricamente, acostumbrado por los médicos, que de esa manera, por siglos, combatieron la vergüenza individual o colectiva y las penas, que basadas en la ley del Talión y otras iguales o peores, les hacían responsables de las consecuencias de sus actos profesionales cuando los resultados no eran los esperados.

Los avances actuales de la medicina y los códigos de derechos humanos vigentes, han traído como consecuencia una más adecuada defensa de los derechos de cada quién y por tanto una apreciación más general y hasta colectiva, del ejercicio médico-quirúrgico que, lógicamente, se vería muy empañada si fuese del conocimiento público que la fraternidad médica más que ser una comunidad de desinteresados y altruistas servidores de los seres humanos en situación de compromiso de su salud, son una sociedad de cómplices que se protegen y encubren en sus errores, en lugar de aprender individual y colectivamente de ellos.

La penalización del error a través de hacer sentir vergüenza, rechazo, exageración de la culpa, sanciones extraordinarias y desproporcionadas, trae como consecuencia, justamente lo que queremos evitar: ocultamiento, disimulo, fingimiento, etc… Que fue, exactamente como vivimos antes, cuando el miedo a la sanción legal impedía el estudio de los porqués y la consecuente corrección generando el circulo inacabable e irrompible que acabamos de describir.

Estamos ante una nueva situación. Nos toca ahora actuar en favor de la mejor y más capaz atención médico-quirúrgica y de la mayor y más contundente satisfacción del paciente. Pero este tendrá que saber, como de hecho sabe, que somos humanos y que de humanos es errar, pero que también somos médicos y de médicos es y será siempre, procurar no errar en sus actos profesionales y si tal cosa sucediese, de ese error saldrá la mejor ayuda a otros, pues entre todos, colectivamente, asumiremos el deber de estudiar lo que sucedió y como evitarlo en el futuro.

(Escrito en Caracas el 7 de noviembre de 2001 y publicado en el Newsletter del American College of Physicians. Reeditado el 6 de marzo de 2011)

Conflicto de intereses

Temas de ética médica (II)

Denuncia de ciertas prácticas asumidas por los médicos, que pueden ser consideradas contrarias a la moral médica.

Conflicto de intereses

Hace unos años, una publicación independiente, sin propagandas, era una garantía. Hoy, ya no lo es. El que escribe en ella puede ser parte interesada y, al no declararlo, nuestra ingenuidad académica puede tomar por bueno, justo, equitativo y apropiado, un trabajo pudiera ser sesgado, parcial, insuficiente y tendencioso.

Presentar conflicto de intereses y declararlo no invalida a nadie ni a su trabajo, pero hay que declararlo, mejor dicho, tenemos que exigir que se declare.

Actualmente, casi todas las revistas médicas del mundo exigen a sus colaboradores una declaración de “conflictos de intereses” o de “intereses competitivos”, en el entendido de que tener ese tipo de conflictos no es algo malo o deleznable, sólo describe una situación que puede orientar al lector respecto de las fuentes de los juicios emitidos por los autores.

Recientemente hemos vivido los problemas que trajo el conflicto de intereses a las publicaciones de los efectos de la Fenfluramina sobre la circulación pulmonar y cómo el retardo en aclararlo trajo retardo en la apreciación clínica del daño posible. Si los autores que negaron el efecto o lo minimizaron hubiesen admitido su relación con la casa farmacéutica patrocinante del producto, antes se hubiese sabido lo que después se supo. Al menos lo hubiésemos sospechado.

Actualmente, son muchas las publicaciones periódicas en medicina que exigen a los autores una declaración de intereses y compromisos con entidades comerciales o no, ligadas al medio de la salud. También están exigiendo a los patrocinadores de investigaciones y de espacios de propaganda, la liberación por escrito de cualquier tipo de compromiso, “deber” o “necesidad creada” por su apoyo económico.

Cada vez es más frecuente que se considere que los verdaderos dueños y responsables de los conceptos emitidos y de la redacción en general de los trabajos publicados, son los propios investigadores que los firman y no las compañías que los han patrocinado. Por supuesto que, en el caso concreto de trabajos de investigación realizados por empleados del patrocinante, éste es el dueño, pero la declaración de intereses exigida pondrá en claro esa situación y nuestro criterio no se verá empañado por la duda o deslumbrado por la presentación.

Vemos así como el público profesional médico — y el científico en general — está progresivamente llegando a exigir responsabilidad absoluta a los autores de los trabajos científicos publicados, tanto investigadores, como redactores y también a patrocinantes. Lo que deberá extenderse en breve plazo, hasta el control y obligación de publicar aquellos trabajos que no se conformen con la hipótesis esperada o cuyos resultados no sean los adecuados para el futuro mercadeo de un producto en particular. Esta actitud, abanderada por algunas de las más prestigiosas revistas médicas, es el reflejo del descontento y la inseguridad que venimos padeciendo muchos de los médicos, que basamos gran parte de nuestra actualización profesional en la lectura de trabajos de investigación y de revisiones de temas relacionados a nuestros intereses profesionales.

Queremos leer, además del artículo de investigación publicado, la aceptación de responsabilidad por los conceptos emitidos, la declaración de autonomía y de independencia de los autores y de los patrocinantes y su declaración de que tuvieron acceso a la información completa de la investigación realizada y ejercieron su derecho de publicar los hallazgos, la data y otras informaciones, sin limitaciones.

(Escrito en Caracas el 7 de noviembre de 2001 y publicado en el Newsletter del American College of Physicians. Reeditado el 6 de marzo de 2011)

Prescripción médica inadecuada

Temas de ética médica (I)

Descripción de ciertas prácticas asumidas en ocasiones por los médicos, que pueden ser consideradas contrarias a la moral médica.

La prescripción médica inadecuada

La mayor solidez y la más grande densidad moral pueden ser resquebrajadas, aún inadvertidamente, por la apetecible dádiva o por el pequeño objeto regalado, incluso por cosas como un insulso e insignificante protector del bolsillo de la camisa o una opípara comida con o sin baile o, por qué no, la inscripción en un congreso o un simposio o un viaje con los gastos pagados a un exótico lugar. Esos obsequios vienen, por supuesto, con un mascarón en la proa y un anzuelo en la popa. El mascarón, casi siempre, está basado en el aprender, que es la más vieja e insatisfecha necesidad del médico. El anzuelo suele ser la prescripción exclusiva de un producto farmacéutico o de un servicio diagnóstico o de atención profesional.

No es posible probar más allá de la duda, la posible influencia en el médico de esas prácticas. Recientemente se publicó en el American Journal of Medicine, una encuesta entre médicos residentes sobre como apreciaban ellos que se influenciaba su conducta con las promociones de la industria farmacéutica, al regalarles cosas desde poco valor hasta gastos de viaje e inscripción en cursos, así como equipaje (Bolsos y maletas). Aunque más de dos tercios estuvo de acuerdo en que había que regular esas prácticas y su aceptación o no por parte de los médicos, 39% reconocieron que las promociones influyeron en sus hábitos de prescripción, pero 84% creen que los hábitos prescriptivos de los otros médicos se afectan con las promociones. Huelgan los comentarios…

La incitación a la violación de la Ley de Ejercicio de la Medicina y del Código de Deontología (ética) Médica es también una práctica frecuente e inadvertida. Tomemos como ejemplo el Artículo 19 de la Ley de Ejercicio de la Medicina, que coincide totalmente en su redacción con el Artículo 32 del Código de Deontología Médica: "Ninguna persona legalmente autorizada para ejercer la medicina podrá ofrecer en venta medicamentos u otros productos de uso terapéutico o sugerir a sus pacientes que los adquieran en determinadas farmacias o esta-blecimientos."

Algunos médicos dispensan en su consultorio medicamentos que, o no se encuentran en el mercado local o son producto de su artesanía personal.

Pocas veces caemos en cuenta de que detrás de la bondadosa información del representante comercial del laboratorio farmacéutico que nos visita, este nos indica que, para ventaja de nuestros pacientes, en la farmacia “tal” o la empresa “cual” se encuentra el producto “X” más barato, con un descuento de tanto o, simplemente, “ahí sí lo tienen”, se esconde una insinuación que implica un beneficio comercial para otros, que no nosotros, a nuestra costa y, probablemente, a costa de nuestro paciente. En resumidas cuentas, al "hacerle el favor", al “facilitarle" al paciente la localización y la compra del producto, hemos infringido una ley y un código de ética.

¿Y los programas de ayuda al paciente? La inscripción del paciente en ellos le garantiza a la casa farmacéutica la fidelidad en la compra de su producto y la frecuencia con la cual el producto es prescrito por el médico; es la fuente de estudio de mercado más directa y su-puestamente eficiente, pero también es la manera de “premiar” con una ventaja de cualquier tipo, viaje, inscripción en congresos y hasta regalos al médico que “colabore” con su paciente y “de paso” con el laboratorio farmacéutico.

A veces el problema se plantea con las medicinas genéricas y los patentados. ¿Qué tan seguros y convencidos estamos de que el genérico es mejor o peor que el patentado de origen o la copia?

¿Donde están los estudios que demuestran esa supuesta verdad?

¿O es que el genérico no regala bolígrafos y el patentado sí?

¿Y las copias, son malas las copias de medicamentos?

Otras veces el problema lo constituye la utilización y hasta la instalación quirúrgica de aparatos o procedimientos que no son del todo necesarios para el paciente, pero que pueden representar parte de los ingresos del médico, tanto por el honorario del acto médico, como por la comisión comercial devengada por la venta.

Los marcapasos cardíacos fueron, alguna vez, la fuente de la discordia.

¿Qué hacer para ayudarnos y ayudar a reconocer y evadir esas prácticas a veces asumidas por los médicos y que son contrarias a la moral médica?

Primero, declarar que, aún reconociendo el derecho que tienen las casas de productos far-macéuticos y las de aparatos médicos, así como las instituciones prestadoras de servicios médicos, tanto de diagnóstico como asistenciales, a mercadear sus productos y servicios como mejor les parezca, debemos establecer, para nosotros los médicos, parámetros de conducta que nos permitan actuar de forma equitativa, moralmente aceptable y que conlleve la paz y la serenidad de nuestras tranquilas conciencias y la sensación de libertad total de la que queremos gozar a la hora de escoger aquello que es más adecuado, justo y eficaz para nuestros pacientes.

Recientemente, y a propósito de una demanda contra Merck, Sharp & Dohme, que en febrero de este año 2001, fue multada con US$ 41.000,00, la Asociación Nacional Holandesa de Médicos Generales tuvo que advertir seriamente a sus miembros en contra de las prácticas de mercadeo de la industria ligada con el ejercicio de la medicina, haciéndoles ver que incurrirían en faltas graves si no acataban ciertos lineamientos en su trato con la industria farmacéutica. La Asociación ha advertido a sus miembros que las atenciones recibidas (“hospitalidad”) deben ser mantenidas dentro de límites razonables. Es aceptable que durante un curso se ofrezca comida, tal como un almuerzo, pero los gastos de viaje y hospedaje, así como asistencia a actos recreacionales como teatros, museos, bailes, competencias, eventos deportivos y de turismo, deben ser pagados por los médicos. Quienes también deberán pagar los gastos de sus parejas o socios. Los cursos pueden ser dictados en lugares atractivos y hasta lejanos, pero el médico deberá pagar sus gastos de viaje y hospedaje. Situaciones similares como la presentada en Holanda han sucedido también desde 1998 en Israel y en los EE.UU.

Finalmente, recordar que la prescripción de medicamentos es un acto privado entre el médico y su paciente. Se basa en la confianza. La modificación del hábito prescriptivo, que es lo que busca la propaganda y el mercadeo, debe ser cuestión de conciencia y no de deferencia, simpatía o compromiso y, menos aún, de correspondencia.

Otra palabra de prevención. Ese viejo refrán: “Hasta el santo desconfía cuando la limosna es grande”, es orientador para saber que hay que desconfiar cuando se aprecie desproporción entre la oferta de conocimientos y el adorno con que los presentan. Debemos estar agradecidos del bien que nos proporciona el aprender y compartir conocimientos, pero más lo estaremos, si la sindéresis y el equilibrio juegan un papel catalizador, para que nuestro aprecio por el gesto sea elocuente y adecuado y no se pretenda su extensión hasta la prisión del anzuelo y la contraprestación correspondiente.
(Escrito en Caracas el 7 de noviembre de 2001 y publicado en el Newsletter del American College of Physicians. Reeditado el 6 de marzo de 2011)